12.7.05

Frágil y breve

Edu

Hacía tiempo que no miraba el correo electrónico. Marta Zafrilla publica su poemario Toma Sostenida, un delicado regalo para la sensibilidad de los sensuales cicatrizados. Pedro “el Gitano” contaba en un encantador desorden de pinceladas de mescalina su vida en Sudamérica junto a la preciosidad negra que le tenía “por los huevos”, apuntando desde las visitas del subcomandante a su universidad y el ir de compras con “la venerable” madre del anterior hasta las caras de los indígenas, el olor de la selva y los nidos de cocodrilos. Por último, Manu Coloma escribe una sentida carta animando a todos sus amigos a despertar de la rutina, a salir del camino establecido, de los trabajos-basura, de los deseos entrometidos de nuestros padres… Huir del desperdicio de la juventud, en definitiva. Incluye una recopilación de citas que nos despiertan a la vida. El despertador está sonando, nos dice desde su lujoso piso de Praga, dónde, cómo hace siempre, desnuda los secretos más allá de la carne de las mujeres que fotografía.

Después de la correspondencia más estimulante de mi vida me marcho a Murcia, recojo mi cámara de vídeo, trípode, toalla y crema solar. El trabajo no tiene por qué ser incompatible con el disfrute. Bajo de casa para subir al coche de la chica que me espera. Llegamos tras algunas peripecias a Calblanque. En vez de esperarme tomando el Sol me obsequia con su compañía mientras inmortalizo desde diversos lugares y ángulos la bonita luz que baña las dunas fósiles. Destino uno de los planos para captarla de espaldas, en bikini, sobre las rocas donde rompen las olas. La beso ordenando los colores desde el centro de sus ojos. Marrón, naranja, amarillo y terminar en el dominante verde. Nos bañamos, arrojamos con fuerza los bañadores a la orilla y hacemos el amor riendo de los vaivenes que nos dan las olas. Así retornamos al juego, perseguirnos, levantarnos, bucear, explorar…

Llegamos nadando a una oquedad formada entre la duna fósil y el fondo de arena en el que queda un estrecho espacio con aire sobre el nivel del mar que se pierde por completo cada vez que golpean las olas. Una tentación imposible de resistir. En seguida estamos dentro, riendo desnudos, agarrándonos al techo cuando arremeten las aguas para salvaguardar nuestras cabezas de coscorrones. Avanzamos un considerable tramo en la oscuridad de aquel capricho de la Naturaleza hasta que la prudencia nos indica el regreso. Nos secamos y nos vestimos con ropas frescas. Volviendo al coche hay un pintoresco rebaño formado por ovejas, alguna cabra y singulares garzas que se desplazan en fascinantes vuelos del lomo de un animal al de otro. Subimos al auto satisfechos de nuestra tarde de domingo y entramos en el camino de tierra que sale desde la playa hasta la autovía. La impaciencia hace que sobrepasemos un resalto a excesiva velocidad. El pequeño golpe enloquece la dirección, los frenos dejan de funcionar y nos precipitamos sin poder evitarlo hacia la cuneta que sirve de rampa para las siguientes vueltas de campana y tirabuzones varios que hizo el vehículo sobre los malaventurados melones del bancal que invadimos. Las cintas de música, mis sandalias y diversos objetos sueltos vuelan de un lado a otro hasta que el último impacto contra el suelo rompe el cristal de la puerta derecha trasera y la misma quedando el coche de canto.

Inexplicablemente los dos estamos inmaculados de todo daño; aunque el cinturón nos sujetara lo demás lo hizo una misteriosa fortuna. Ella me pide perdón por su conducción mientras aparece un numeroso grupo de gente que pregunta por nuestro estado e intenta poner el coche sobre sus cuatro ruedas. Asustado otra vez, advierto insistentemente que lo dejen como está. Se dedican a llamar, cada uno desde su móvil, a ambulancias, bomberos, policías, Dirección General de Tráfico y quién sabe si al tarot de la pitonisa Lola. Los menos móvil-adictos sujetan el vehículo para asegurar que no vuelque mientras subimos hasta salir por la puerta del conductor. Damos las gracias en orden cronológico a nuestros auxiliadores, a los siete u ocho coches que pararon para ofrecer ayuda, a los bomberos, a la grúa, al taxi y, ya en soledad, a mi santa madre por el bocata de chorizo que me preparó antes de salir de Cartagena que me sirvió de descanso del guerrero antes de darme la definitiva ducha previa a acostarme y escribir este manual de cómo concienciarse a hierro de lo corta y frágil que es la vida.

3 Comments:

Blogger Rhiwen said...

Qué historias tan interesantes y divertidas! A ver cuando tengo yo algo parecido que contar...
Un besote from Madrid!

9:36 PM  
Blogger PIlar M Clares said...

Jo, mister ajo, no solo vivías cerca de mi casa, sino ¡que conces a Marta Zafrilla! con la que comparto la mercromina en las rodillas y el mar que no llega a la orilla de su "Toma..." Ahora ha publicado otro en MurciaJoven. Y se me olvidaba, ambas compartimos a Rubén, ella con más parte jaja.
Un saludo

(¿Dejásteis el pisito y con él el blog en 2005?)

10:37 PM  
Anonymous www.lapistoladelarra.blogspot.com said...

Bueno, mister ajo ...como me descubras de quién son estos versos... ya me muero de la impresión:
"...a la justicia burlé/ y a las mujeres vendí/ Yo a las cabras bañé.../ yo a los palacios subí...

10:41 PM  

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